El reparto de un mundo que no es de este reino

Voy a coger aire. Como, desde ahora, tendré un poco más de tiempo, aunque ya se sabe que la pretemporada navideña para esta calle es un horror iluminado, me he propuesto ser un poco ordenada y, a modo de novela de Agatha Christie, iniciar esta época con un reparto de sospechosos habituales en condiciones. Empezamos.
La señora: Es mi debilidad. Pasa de los 50 y lo lleva con dignidad, collares étnicos y chaquetas azules a juego con sus ojos. Su gama de colores es muy Diane Keaton, beige, azul marino, azul claro y blanco. Ha enviudado recientemente y eso lo lleva peor que la edad. Pero ahoga sus penas en gin tonics, bloody marys, tintos de verano, conversaciones de móvil y afirmaciones ácidas sobre casi todo el mundo. Espera que el gin tonic le dé la misma vida que a la Reina Madre, o sea, 100 años más o menos. Se ríe a carcajadas, gesticula y la escucho perfectamente cuando se sienta en el sofá morado del hotel Larios o en la terraza de Gorki.
La sobrina: Ha decidido ser una autista voluntaria gracias a su ipod. Paseante de paseos marítimos, dice que la felicidad es tumbarse en uno de los oasis de césped que ha hecho el alcalde de Torremolinos y mirar las palmeras y el cielo azul mientras suena, por ejemplo, Coldplay, pero su gusto musical es un poco desastroso porque tiene momentos hormonales que le reclaman las Ketchup o a Transvision Vamp. Le gustaría ser más sofisticada, pero no puede. Va calzada siempre con unas converse moradas con el escudo de los Lakers, aunque ella siempre fue más de los Celtics, mucho más de Larry Bird, el Asterix del baloncesto, que de Abdul Jabbar. Ahora tiene unas de cuadros que consiguió por Ebay. Va a los partidos de Unicaja y cree que Málaga estaría mejor si la gobernara Scariolo. En invierno, cambia de felicidad, y mira el cielo un día entre semana desde lo alto de la Laguna de las Yeguas, en Sierra Nevada. Relee los nueve cuentos de Salinger. Y hay veces, cuando le invade la melancolía, que cree que es un día perfecto para el banana fish.
La abogada combativa: abuela y, a la vez, madre coraje de adolescente educada por la Logse. Mantiene una capacidad de indignación envidiable, sobre todo en lo que concierne a Marbella. Habitó en las dunas de Artola, fue látigo del gilismo y ahora casi toca las campanas de la catedral desde su casa. Cuando se deprime, pasa la visa, más que la vida. Zapatos, vestidos y bolsos en las facturas. Pero también litografías de Picasso y todo el ocio de la ciudad. Conoció de cerca de la casta dominante andaluza allá por las Cinco Llagas, palacio alfombrado, y se quitó porque aquello le dio vergüenza ajena, fundamentalmente Gaspar Zarrías, pero también los acomodaticios de enfrente.
El pintor de manchas azules y títulos largos: Es abstracto en sus productos y muy concreto en la mala leche de sus pensamientos. Se vuelve loco en Inglaterra e imita a la perfección el acento de la clase alta británica. Culto, melómano, juerguista y ciertamente nada hetero.
El abogado elegante: Irónico, siempre, siempre, con zapatos de cordones ingleses porque le espantan los que calza, un poner, Patxi López, ya saben, los de la punta cuadrada que llevaba cuando le eligieron. El abogado dijo entonces que no se fiaba de nadie con aquellos zapatos. Acertó. Viaja según los calendarios de exposiciones internacionales, se refiere a Málaga, a menudo, como la “puta aldea” y llora con Jordi Savall y gente parecida.
El ingeniero de inversión riesgo: hermano de la sobrina. Vive en Madrid y es exponente de la segunda emigración andaluza, formada por licenciados y no por vendimiadores. Estudió en la UMA pero consiguió con los años huir a un MBA de prestigio internacional en Francia. Trabaja en un fondo de inversión riesgo y, de vez en cuando, vuelve a Málaga y no arriesga nada más que encima de las cometas que surcan los cielos próximos a las orillas de las playas grises.
Todos tienen en común que abominan de las señas de identidad, que nunca jamás dirán, por principio, “como aquí no se vive en ningún sitio", que intentan no tragarse las majaderías de los políticos nacionales, regionales y locales y que leen la prensa convulsivamente, aunque luego se arrepientan profundamente y digan: “Debería suscribirme al Atlantic, como Pablo”, o “Yo casi debería leer solo el Economist”, “Sí, pero mira Emilio, que nunca tiene tiempo para leerse los New Yorker”. Pero en el fondo, disfrutan rajando de las grandes ideas de los estadistas que rigen nuestros pequeños y limitados destinos. Nunca aceptarían que el presidente de la Diputación les pagara una comida. Es más, eliminarían las diputaciones y, casi seguro, que las autonomías. También, por principio. No todo es miseria en la prensa que leen, me advierten. Está, por ejemplo, el discurso de Arcadi Espada cuando el otro día recogió el premio López de la Calle. Pero se preguntan, ¿se puede buscar la verdad con tantísima publicidad institucional y sin lectores? Es sólo una de sus dudas. Bienvenidos a su mundo, que no es de este reino.
