Qué conservamos y la vía Burger King

(Lámpara de la Estación Central)
Yo, calle Larios, estoy vieja, para qué negarlo. Pero sigo siendo coqueta, hace unos años me sometí a una operación estupenda y hoy por hoy luzco mejor que la Preysler con Photoshop. No le pasa lo mismo a las calles de alrededor. Hay edificios ruinosos, que huelen a moho y a mierda a partes iguales, otros que se arreglan merecidamente, como el de Félix Saenz, pero otros de cornisas elegantes, balcones señoriales, muros sólidos, que se mueren en una agonía muy desagradable de observar. Les he escuchado a promotores de esta ciudad que vivimos tiempos de talibanismo radical en la Gerencia de Urbanismo. Les he escuchado decir que vivimos la ley del péndulo, que hay miedo a que se repitan los espantos de los años 70 y que ahora se ponen demasiadas trabas para intervenir en edificios que, de no abrir un poco la mano, al final acabarán cayéndose. Se habló en su día de una comisión de patrimonio, al estilo de la que hay en Barcelona, de expertos que dictaminaran cuando se podía ser más flexible, cuando había que ser intolerante con el mal gusto. El proyecto se quedó en un cajón. El caso es que la idea, a priori, no parecía mala. Hasta que te lees a Tom Wolfe en el New York Times, que escribe en un artículo con muy mala leche hacia su íntimo enemigo Norman Mailer titulado The (naked) city and the Undead. Es para salir un poco del coñazo este del proceso, del estatuto, de Guadalajara.
Wolfe no tiene en muy alta estima a la Landmarks Preservation Comission. Ha autorizado a un promotor una caja de cristal de no sé cuantas alturas en el muy pijo y bien conservado Upper East Side de Manhattan. Se supone que la comisión está formada por catedráticos, paisajistas, arquitectos, urbanistas y artistas variados. Se supone también que iba a ser una élite discreta que decidiera qué edificios y barrios históricos conseguían la calificación de Hito, Landmark, y se salvaban de la quema desarrolista. La primera polémica, según explica Wolfe, llegó con la decisión de proteger por siempre jamás la maravillosa Estación Central --Dios bendiga en este punto a Salinger y Holden Caulfiel--. Hubo quien se opuso y el asunto llegó al Supremo. La estilosa Jackie O. fletó un tren lleno de pijos neoryokinos con destino a Washington para hacer presión. El Supremo, según Wolfe, se rindió a ese momento Camelot. Desde entonces, formar parte de esa comisión, donde solo tenía sueldo el presidente, fue una ganga porque marcaba tu carrera, había mogollón de fiestas estilosas y mucha gente te hacía la pelota porque tú estabas por encima de la propiedad privada, tú decidías que conservar en la capital del mundo. Tú le podías joder el negocio a los promotores más importantes del mundo. La siguiente polémica vino con el parque Bryant, al lado de la maravillosa biblioteca pública de la 42. El alcalde quería mejorarlo y poner allí un restaurante. Se podría hacer algo así en nuestros deliciosos y decadentes Baños del Carmen. El caso es que había que talar unos cuantos árboles muy viejos, muy altos --¿se acuerdan de los plátanos del Parque de Málaga?--. Según explica Wolfe, la comisión se negó e hizo que el alcalde pareciera "un visigodo a punto de saquear Roma". El caso es que se deshizo del presidente de la comisión con una excusa burocrática. No deja de ser interesante, puntualiza esta calle, la libertad de voto de alguien que está pagado por el Ayuntamiento. Impensable por aquí, supongo. Pero aquella fue la última vez, he de decir. Desde entonces, nunca se ha opuesto nadie a un alcalde como aquel presidente hizo con Koch. Y, además, Wolfe dice que nunca se opondrán a una promotora si el proyecto está apoyado por el alcalde. Anthony Tung, el hombre que se opuso al restaurante, escribió "Conservar las ciudades más bonitas del mundo" y es un conferenciante muy cotizado en todo el mundo.
La siguiente polémica la protagonizó Bloomberg. Quería tirar un edificio en Columbus Circle de 40 años y hacer una caja de cristal que hiciera juego con el cercano Time Warner Center. Se indignaron los dos historiadores de arquitectura más importantes de EEUU: Scully y Stern, nueve decanos de escuelas de arquitectura, el teórico Witold Rybczynski de U Penn, Richard Meier, Cesar Pelli --que trabaja para Evemarina en Canarias--, , Robert Venturi y Dean Stern, el jefe de la sección de arquitectura del New York Times, en fin, parece que el Todo Nueva York, como diría nuestro columnista infantil preferido aquí en Málaga. No conmovieron a la comisión, que se negó a dar al edificio su estatus de Protegido. Aquí, sin embargo, no hizo falta nadie para que se protegiera la chimenea de la Térmica. Aquí, sin embargo, se ha echado abajo una estación y se ha inaugurado un centro comercial, con el logo de Macdonalds en las fotos coronando la cabeza de la ministra de Fomento. Sólo falta que por megafonía se diga "el tren procedente de Sevilla llega por la vía Burger King". En Manhattan, ya se ha tirado el edificio de Columbus. Pero todo tiene un límite y parece ser que hay muchos jóvenes que estuvieron en una asamblea incendiaria en una biblioteca para conseguir que la Comisión de Conservación...Conserve frente a los promotores. Aquí, nos debería importar el paisaje más que los edificios. Queda camino. Y siempre es bueno aprender de ejemplos. Exitosos y fallidos. Perdón por el rollo, pero me parecía interesante.

martini dijo
Por cierto, en mi batalla ADSL, a quien le pueda interesar le diré que por la zona de Churriana que ni sueñe con tener el trío porque hay 270 solicitudes sin atender a falta de no sé que obra
29 Noviembre 2006 | 01:53 PM