Bar de carretera
Ida y vuelta a Jaén. Bueno, Linares. El campo, espectacular. Los chopos y unos matojos que han mudado a rojo. Las filas de olivo, disciplinadas y sin pedir nada. Linares tiene un minero descamisado con abdominales de modelo de Calvin Klein en una plaza, un Corte Inglés, un hospital con pinta de eso, de hospital cutre de los 70, y un festival de guitarra en honor a Andrés Segovia que hizo que ayer el hall de un hotel estuviera lleno de japoneses. En las paredes del hotel, los mejores ajedrecistas del mundo. Pero eso es otra historia. El caso es que acabé comiendo sola en un bar de carretera. Con todos los apichusquis que se le presuponen. La tele en alto, y fuerte. Canal Sur, faltaría más. El suelo, lleno de servilletas. Bajo el epígrafe de tapas frías, media ración de pisto. Como que no. Así, helado. Se permitía fumar sin problema pero, como estña prohibido, no había ceniceros. Al suelo, por supuesto. En la pared, unas botas de esas que creía yo que se las habría comido el último lince. En la barra, mecheros eróticos. No sé a cuento de qué, la camarera ha dicho: "Ya sabes lo que decimos por aquí, que el no mata, es que no es facha". Tal cual. Diganlo al revés y bendigan la memoria histórica. No sé por qué, pero me ha dado que la cultura general básica de la que hablaba sería más bien cortita. Es lo de menos. Son jóvenes, como dice bien hoy Arcadi Espada, y la capacidad para recitar memeces es infinitas. Por lo demás, siento decir que me estoy volviendo terriblemente pija en ciertas cuestiones contra mi voluntad. No soy joven según las tarjetas que expide la Junta, pero hay veces que las hormonas, creo que son ellas, me hacen odiar los zapatos de un determinado marrón, con la puntera cuadrada, a juego con camisa de tonos pardos. Había muchos así por el feudo de Zarrías. Luego hay sorpresas. Allí mismo, en Linares, me han soplado que Kasparov le va a dar jaque a Putin.
