Análisis del gobiernillo
Después de pasar ayer una mañana estupenda escuchando a Pedro Schwartz y darme cuenta de que soy liberal pero creo que no tanto ---¿Debe un señor de Murcia pagar parte del AVE a Málaga? Yo creo que sí, él que no, que las líneas aéreas no están subvnecionadas--, después de constatar que el gabinete de prensa de la UMA debe de ser de su peor enemigo, porque no mandó convocatoria, pues ataquemos de lleno a lo que el economista liberal llama "el aburrídisimo y gris consejo cardenalicio de Chaves". Espadas. Uff. No acumula mucho prestigio, sobre todo en la etapa de esa cueva oscura que es Egmasa. Ahora que se cumplen diez años del vertido tóxico, él sabe muy bien qué intentó hacer la Junta al principio. Cero presencia de alguien de peso --de peso hay-- independiente. Zapatero puede fichar a una Garmendia, pero el Chavesato huele ya tan mal que nadie se quiere acercar. Clara Aguilera dice que los ayuntamientos son fundamentales, pero nada de soltarles más pasta. En fin, nada emocionante. Ahí sigue Vallejo, que está pensando que Garmendia tarda ya mucho en coger el teléfono y llamarle para pedirle consejo, después de que el mundo se haya visto inundado de patentes andaluzas. Le preguntará si puede instalar un Instituto del Cocido Madrileño en el Ifema, imitando al de la Dieta Mediterránea que hay en el Parque Tecnológico de Málaga. Qué pereza. Qué bruja es Esperanza Aguirre. Qué mona es la Corulla, que ayer declaró en Marbella.

Manuel dijo
Cuando hice la reseña del libro de Schwartz, la titulé "Materiales para una utopía liberal", porque efectivamente, como señalas, hay un liberalismo tan estricto con sus principios fundacionales que no parece de este mundo. Schwartz llega a decir que la máxima y más perfecta división de poderes consistiría en dar poder a cada individuo sin el Estado; y es así, pero es impracticable. La premisa es que la sociedad se organiza espontáneamente, y que si el Estado no presta unos servicios -guarderías, por ejemplo- los individuos se las apañan para generarlos privadamente. Y así sucesivamente. Al final, el problema es determinar qué grado de intervención tiene el Estado y cómo se fiscaliza su gasto; esto da la diferencia entre democracias desarrolladas y las que -como la nuestra- no lo son tanto. Pero, llevado a sus consecuencias últimas, el liberalismo genera su propia forma utópica, aunque eso sea una paradoja para una filosofía política antiutopista.
22 Abril 2008 | 01:51 PM