Hambre de gazpachuelo
Hoy es uno de esos días estúpidos, bautizados por alguien que no tiene otra cosa mejor que hacer que decidir que hoy es el día bloguero contra el hambre. Lo que me extraña es que nuestro presidente no haya hecho alguna manifestación al respecto. El caso es que la ocasión me viene bien para hablar de uno de los efectos positivos de esta crisis: la vuelta a los pucheros. Ya hablamos de los bocatas de Carpanta, pero también mola esto de redescubrir un buen gazpachuelo. Recomiento encarecidamente el de Rincón Catedral y he podido constatar que la gente asomaba por la puerta y preguntaba "¿hay gazpachuelo?" con una ansiedad que nunca he notado en otros sitios más modernos, ese rictus entre emocionado y expectante al preguntar "¿hay filetitos de lubina con cebolla caramelizada sobre lecho de reducción de oporto y frambuesas?" y soy de las que he disfrutado en La Cónsula, que conste. Pero, en fin, en estos tiempos, un buen gazpachuelo sin que te claven, pues se agradece. Patatas a la bicicleta, no sé por qué, lo llamaban en casa de mis abuelos, donde, espero no tener que pedir perdón, sí que había libros y un sillón Morris, con lamparita incorporada. Una biblioteca, Inés, donde nos daba miedo dormir, cuando la casa se llenaba hasta arriba. De libros hemos hablado delante de un gazpachuelo y resulta que el abogado elegante dice que se ha pegado un atracón de McEwan. Que Sábado es soberbio y que incluso puedo leer Expiación a pesar de haber visto la película. Le sentó mal a uno de los de aquí cuando dijo que dificilmente se encuentra a un español de esa calidad. Antes, justo, había entrado en Luces y me había quedado admirada de la mesa de novedades, me acordé de Orejudo y su sensación de asombro al pensar que alguien es capaz de colarse allí aunque sea un día. Al final, me sorprendí con un libro de Nancy Mitford en la mano pero no me lo he comprado. He decidido salir de compras por mi armario y las estanterías que conozco en casas familiares. A lo mejor uno de ellos se compra el último Booker. Me acuerdo de la cita que encabeza el de Lahiri, sobre lo fructífero que es no echar raíces, como es periodista indio que ha trotado por Australia, Nueva York y ha acabado en Bombay. Espero que no sea flor de un día, como fue Roy y el Dios de las pequeñas cosas. Se perdió para las cosas grandes por las causas grandes. Sé que no me moveré de aquí y que no escribiré nada que merezca la pena. Y, con ese ejemplo, tampoco sé cómo decirle a los que me siguen que no está mal irse de esta ciudad un tiempo. Estos niños que, extrañamente, no son superdotados. No lo digo por la herencia genética, es que Orejudo dice que le pasa igual, que los suyos son normales y el resto dicen que son superdotados, aunque lean con dificultad. Debe de ser como lo de este presidente y el líder de la oposición.

Dann dijo
Signora Martini,
¡No lo puedo creer! Una española de su generación que ha tenido en su mano una obra de Nancy Mitford. La divina británica evanescente, la de las gloriosas sutilezas malvadas, la llama sagrada de la "upper-class" que se hundió con el Titanic de las guerras espantosas...
Tan increíble como en la Italia siempre fascistona. Bueno, quizás allí más fácil. Lo de la novela de Nancy Mitford en las manos gráciles de una "Belle Dame Sans Merci" de la Lombardía o del Veneto.
No podemos olvidar que el inglés sigue teniendo allí el prestigio de haber sido el idioma de los ejércitos que nos invadieron hace sesenta y cinco años. Los que tenían comida cuando la gente se moría de hambre. Jesús, como pasa el tiempo. El pueblo de héroes, como proclamaba Il Duce desde el balconcito del Palazzo Venezia.
En el lago de Como, muy cerca de mi siempre añorada Villa Carlota, los fusilaron. Y después los colgaron en la gasolinera milanesa de la Piazza Loreto. Don Benito, que vivió como un romano y murió como un italiano.
He interceptado un mensaje casi inaudible en su post, Signora. Por favor,
¡no nos abandone!
15 Octubre 2008 | 10:35 PM