Los pringados
creo que ya lo he escrito alguna vez, pero insisto. En este país existe una generación, entre 30 y 40 años, según los políticos sólo un poco peor preparado que la mejor, que son los veinteañeros de ahora, que estudiamos en la universidad porque era lo que debía hacerse. Unos, porque era lo natural y porque nuestros padres lo eran, o sea, que cualquier cosa que no fuera una carrera era un paso atrás y un fracaso que había que esconder con los trapos calientes propios de los engaños de los padres. Otros, porque sus padres no lo eran y ellos habían tenido los medios para serlo y llegar a tener el título era el fin de una vida de lucha en su familia. Todos nos juntamos en la universidad, una generación aburrida, con la invención del botellón en el curriculum, mucho menos interesante que la movida, más o menos deportistas, sí, éramos más de baloncesto, sin inquietudes políticas muy marcadas, al final sólo con ganas de que los socialistas abrieran un poco la ventana, porque nos habíamos criado con Felipe González --no sabíamos que nos saldrían canas con la copia sumamente mala de Chaves--. Salimos de unas facultades masificadas para encontrarnos de becarios en muchas empresas, sin contratos, con escasos sueldos, unos contentos porque teníamos vocación, otros menos porque en realidad nunca querían haber hecho Derecho. Fuimos prosperando. Unos, salieron para casarse de casa de sus padres y otros compartieron piso, pero acabaron unidos en la hipoteca. Los peor parados fueron los que tardaron, los que no lo veían tan claro, pero era tal la presión que sucumbieron justo cuando la burbuja había engordado. Aun así, podían con la letra del coche, con la hipoteca, con el seguro médico privado, con la guardería de los niños, con el canal + para que los niños no vieran basura y sí dibujitos en inglés, con la señora que cuida a los niños y ellos curraban y curraban en jornadas laborales tan propias de los hispanos. Ahora, puede que alguno se haya quedado en paro, puede que estén esperando a otro niño, el euribor les subió la hipoteca y miran el precio de las pechugas de pollo en el Mercadona, el coche --un familiar sin pretensiones, kilómetro cero-- todavía no está pagado y no llegan. Desde hace años no se compran ropa de marca y les gusta incluso buscar tesoros en los factory. La ropa de los niños se hereda sin complejos, faltaría más. No saben lo que son unas vacaciones, ni al Caribe ni a París de fin de semana. Son razonablemente felices. Siempre piensan que peor estarán en Africa, cuando siguen subiendose en una patera para llegar aquí. Pero en este país saben que son unos pringados. Aunque sean muchos. Nunca se les ocurrió pedir una VPO. Cuando solicitaron que sus hijos entraran en el concertado de su barrio, no lo consiguieron y, ante la alternativa de uno público, lejano y desconocido, los metieron en uno privado. Siempre tuvieron nómina y pagaron puntualmente a Hacienda. Lo dicho, para los políticos, una panda de pringados, dado el caso que les hacen con sus medidas anticrisis. Este perfil de gente ha estado en los debates de las elecciones americanas. Por eso, me da igual quién gane. Ya sólo eso me da envidia.

Fernando dijo
Muy bueno!
4 Noviembre 2008 | 07:44 PM