Save the chiringuito
Ahora que llega la primavera y la Ley de Costas, con cierto retraso ambas,
conviene hacer un elogio del chiringuito. No de todos, por supuesto. Que conste que los pies en la arena no ha de ser su mejor atractivo, sobre todo si se trata de tierra de obra, como es el caso de muchas de las playas malagueñas. Sí lo es si está atardeciendo y el chiringuito es el de los Caños, justo debajo de El Pirata, y la música es realmente buena. Cuando la luz es tenue, es más fácil no ver las colillas escondidas. Yo prefiero el césped. Como el de un chiringuito que no vulnera la ley de Costas, la Chanca, en el Palmar, atún delicioso y arquitectura recuperada de piedras grises y blancas, el mismo color de las sombrillas que pueblan la hierba de esta terraza que suele mirar a un océano turquesa. Luego están los otros, los de la ensalada de pimientos, el pescaíto más o menos bien frito, la ensalada mixta con más o menos agua chorreando, el mantel de papel, los vasos de sobremesa que se acumulan con los ceniceros repletos, los camareros de toda la vida, si es un negocio familiar. Como aquel primero que conocí, niña venida de Madrid, en El Tesorillo, en Almuñecar, donde podíamos pedir las paellas casi a gritos desde arriba, desde la casa del abuelo, comiendo en aquella terraza con las rocas delante desde las que se tiraban los más atrevidos, la zodiac de Henry a lo lejos, acabada la temporada de esquí y empezada la de pesca. Lo llevaban los hijos de Rafael el Marengo, que muchas mañanas era una aparición, vestido de negro riguroso, en cuclillas, a la puerta, pelándonos chumbos, que para eso él era "silvestre". El copo, hoy prohibido. La edad se acumula y lo notas en los chiringuitos, ahora los hay que han cambiado la paella por el chill out, el tinto de verano por el batido energético que da alas de colores, la estética de silla de plástico y punto por esos sillones de cojines étnicos que pueblan algunos de los que han surgido en Los Alamos, idílicos entre semana y de día, de zumos y practicantes de kite y, como todo en Málaga, nido de merdellones cuando cae la noche. No todos los chiringuitos son iguales, pero muchos se merecen salvarlos del furor ecologista, porque no todo es litoral virgen ni agua transparente y, sinceramente, para ver nata en el mar, mejor bajar la mirada hacia el gin tonic y luego verlo a lo lejos, cuando se tiñe de plata por el reflejo del sol en las montañas. Donde hay ventas. Pero el plato de los montes es otra historia. En estos días de linces y protecciones, de niños y preservativos, cambiemos el mantra, ni ballenas, ni camaleones, salvemos los chiringuitos.

Yo dijo
Ahora desde la terraza de la casa del Tesorillo gritamos ¡Qué viva Don Norberto! en cada visita, mirando al mar. La última fue en septiembre, tendremos que repetir ya mismo con Blasita.
24 Marzo 2009 | 06:31 PM