Me gustan los aeropuertos, incluso sin coger aviones. Me gusta recibir a gente en el aeropuerto, cuando llegan con cara de cansados, las maletas con regalos y la ropa sucia, las revistas extranjeras arrugadas, el cuerpo desarreglado de siestas, desayunos, meriendas, cenas y películas. Prefiero estar en salidas, sin embargo, pasado ya el contro de seguridad y haciendo tiempo para embarcar. Leyendo y viendo  la gente por encima del libro porque, ahora mismo, los aeropuertos son un tubito de ensayo donde se mezcla la clase media mundial, sí,cada día más parecida, gracias a Zara, HM y Gap. En su día, quise ser azafata y me quedé en la prueba final. Puede que el pasaje esté agradecido porque habría tirado muchos zumos de tomate que, como dice mi prima la azafata, es la típica bebida que casi nadie bebe en su casa y que demasiada gente pide en el avión. Hoy, en Málaga, tenemos un nuevo aeropuerto y me ha gustado. Desapareció el bosque de grúas del Atlético d Madrid --eran blancas y rojas-- y hoy tenemos mucho mostrador nuevo. Ahora hay que llenarlos. De la ceremonia de inauguración decir que muy bien Pepe Blanco, muy gris Griñán, por mal camino va si quiere ganar adeptos en Málaga si equipara a este aeropuerto con Jerez o Sevilla. Ahí nos toca la fibra sensible. Ahí somos otra galaxia. El jamón estaba rico pero no sé si para los 400 euros que ha costado la celebración del evento. Ni la pantalla. Ni el papel estupendo de invitación lujosa de boda. Desde la parte de los canapés se veía Churriana, pequeña y humilde, con destellos de historia, con su mirador hacia las pista de aterrizaje. Allí, los viejos que se sientan en los bancos, serán los que durante los meses que viene contarán los aviones a la hora y podrán comprobar si es verdad que el turismo se recupera.

Blasi de nuevo enganchada a los aerosoles. Ayer se perdió el mercadillo que paró abruptamente por una lluvia que pareció cachondearse de los malagueños. Repetiré. A ver si me acompaña Blasi.