Cobardes
Ser cobarde alarga la vida y perdón por la obviedad. Nunca me he subido en la atracción más emocionante del Tívoli. El mar me infunde un respeto absoluto, por eso me chocó que el otro día, en un viejo atunero propiedad de la Junta, un tercio del pasaje niños pequeños, ni nos dijeran donde estaban los salvavidas. La única vez que el peligro nos pisó los talones, o el culo, fue cuando nos metimos en medio de una procesión de tronos chillones hindúes en Jaipur, donde no había mujeres, y menos extranjeras. Nos sacó de allí un bendito iluminado. Nunca he querido hacer trekkking en época de monzones ni rafting en México, contraviniendo las recomendaciones de la oficina de turismo. No he pasado por una vía de tren una noche de San Juan. Es más, vivo en Málaga y nunca he ido a una moraga esa noche. Hablando de noche, pocas veces he aguantado en un sitio abarrotado y El Sol, cerca de las cortinas rojas, dejaba espacio para bailar y respirar. Es cierto que estuve con la Reina de Bombay en Colaba apenas unas semanas antes de que unos terroristas hicieran de las suyas en el lobby del Taj, cerca de la tienda de las camisas, o en la cafetería del Oberoi, pero, en fin, tampoco es que estuvieran haciendo puenting los pobrecillos que iban a trabajar en un tren de cercanías el 11 M. El terrorismo es lo que tiene, que paraliza lo cotidiano. Pero los cobardes no compramos adrenalina en terrenos extremos, ni presumimos nunca de conducir rápido, ni de coger un colocón de muerte al volante, ni de aguantar tres días de farra con rayas porque nos suele dar pavor meternos en el cuerpo algo más tóxico que un gin tonic. Llevamos ropa a Cáritas pero no se nos ocurre llevarla hasta terrenos controlados por la guerrilla islámica africana en el mes de vacaciones. Los cobardes sufrimos esperas en aeropuertos, acabamos comprando un peluche de un reno en Finlandia y una taza de Libertys en Heathrow. Hemos ido al Espárrago, pero no hemos bailado ciegas con los más macarras. Me imagino que se nace así. Que no soportas imaginar esa llamada de madrugada a tus padres desde Urgencias: "Su hija está aquí, con traumatismo craneoencefálico, sí, un accidente, sí, estaba borracha". Pero en este país creo que hay muchos valientes. De esos que se jactan de que sin riesgo no merece la pena vivir. Que todo vale con tal de no quedarse ni una noche más aburrido en casa. Gente que se aventura por las profundidades de países que apenas conoce de un vistazo en una guía y se sube en una barco con un excombatiente croata que amenaza con partirles las piernas si no le pagan las facturas de restaurantes de lujo. Gente que celebra cumpleaños por las costas turcas sin saber que un accidente no es lo mismo en todas partes. Personas a las que les da mucha pereza decir que no, que con ellas no cuenten. Pero, no sé por qué, tengo la sensación de que igual que hay muchos valientes también hay otro tipo de cobardes. Los morales. Los que sólo van a lo suyo. Y creo que, a veces, los valientes esos son cobardes. Puede ser. Qué lío. Sólo espero, al mirar a mis hijos, que sean tan cobardes como sus padres. El mundo no avanzó por los que murieron pisando aguja, que diría el Jonan, o con los dedos quemados en el Himalaya. Newton estaba durmiendo una siesta cuando cayó la manzana.

Rosa Luxemburgo dijo
Jefa Martitini,
Acabo de tirar en el contenedor de enfrente de mi asfixiante apartamento-estudio la mochila con todo mi bagaje ideológico de toda la vida. Me confieso como una criatura renacida que sale de las aguas del Jordán que lleva remansada la sabiduría de tus posts.
Como diría la maja de la Jane..."You're great, Senora!"
9 Agosto 2010 | 09:34 PM