Un logro y un fallo a la vez

Estos días no para de reenviarme noticias un amigo que, desde su casa, asiste a la movida del 15 m con una sonrisa un poco cínica. Me manda esas noticias en las que se pone el acento en los perroflautas, en las soflamas estúpidas en las que uno cree con 20 años, cuando no ha leído tanto, cuando apenas sabe de economía, cuando ignora la ineficacia que se apodera de muchas cosas públicas como por arte de una ley inexorable. Está deseando que esto no vaya a ningún sitio y no porque él apoye especialmente a ningún partido. Sí es verdad que cree que el PSOE ha hecho mucho daño en los últimos años. Y estamos de acuerdo. Nos apesta el cortijo andaluz. Yo, aunque él no se lo crea, SÉ que no va a ir a ningún sitio. De nuevo, por nuestra culpa, de la gente normal, no de ese viejo punkie que ha cogido el altavoz. Cada día tengo más claro que el sistema se dinamita desde dentro y no con una huerta ecológica en Sol o en la plaza de la Cataluña. Bastaría con dos mil hombres buenos que tomaran los dos partidos mayoritarios. Dos mil hombres que hicieran todo lo posible por separar a las instituciones de los partidos, por separar los tres poderes democráticos, por abolir organismos de los que saben que casi su única función es el acomodo de gente del partido. Dos mil personas que no se callaran al saber de los chanchullos de compañeros de partido, que, una vez elegidos, renunciaran a los sueldos vitalicios y volvieran a viajar en turista y en taxi. Pero no van a salir de las acampadas esos dos mil hombres buenos. Pero sí podrían hacerlo de internet. Mientras, Sol se ha convertido en el paraíso alternativo y a unos se les ha ido la pinza y han empezado por redactar una suerte de El Capital o algo así. Me da igual. Estoy feliz de que la gente -alguna gente, un número suficiente como para hacerse notar-haya querido demostrar en la calle que no hay motivos para estar muy contentos. No podía soportar más a esos políticos que tachaban cada mes del calendario pensando : estos borregos han estado un mes más sin decir ni mu. Me encanta que esto no haya salido de los sindicatos, que debían de autodisolverse, dicho sea de paso, dado el éxito que cosecharon el uno de mayo. Me gustó encontrarme en la manifestación con un profe que me contó que, el otro día, al ver a tres senadores bajándose de preferente en el AVE, les afeó la conducta. Eso es lo que tiene que pasar. Que nos miren con humildad, como si fuéramos, lo somos, sus jefes y que no nos tomen por tontos. Que si el país habla de lo precario de la educación, que lo solucionen. Que si hay que hacer recortes, que nos enumeren todas las fundaciones y empresas públicas donde han colocado a los suyos. Que si los médicos están quemados con sus gestores políticos, que los quiten. Los profesores con los suyos, que escuchen a los docentes. Que nos traten como adultos para que dejemos de ser niños que confían para todo en el Estado. Se empieza diciendo la verdad. Y, sí, en los manifiestos aprobados en las plazas, se dicen muchos lugares comunes de la izquierda antiglobalización. Son los que están allí de acampada. Me da igual. Me conformo con que la clase política no se crea que somos tontos del bote. Pero es verdad que como se pongan a redactar un programa político la van a cagar. Habría que dejarlo en listas abiertas, abolición de los privilegios laborales de los políticos y casa por hipoteca. Lo que venga detrás, desde dentro del sistema. Lo siento, no me voy a desanimar. Creo que ha sido un logro, aunque desde ahora sea un fallo épico. Y si es épico el fallo es porque, otra vez, hemos preferido quedarnos en el sofá con una sonrisa cínica, cierta actitud paternalista hacia los chavales borregos y seguir con el pasatiempo tan español de rajar sin aportar. El liberalismo, por ejemplo, en España siempre ha sido como un grupo neopunk de culto. Porque nadie jamás sale a dar un concierto. Porque les gusta esa superioridad moral de ser algo de minorías de vuelta de todo y cultivadas. Y así nos va. A los liberales, digo. Y a España.
