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Terra
La Coctelera

Martini de mar

Ingredientes: un poquito de actualidad local con mala leche, intento de ironía en la información general y estupefacción ante la vida cotidiana, sobre todo cuando amanece, que no es poco

22 Agosto 2011

Hippies y hippies

 

 

Beat of Life - Art Print

Hubo un tiempo en el que podría haber sido esta redactora de El País. No, no lo digo por el medio, lo digo por lo que se nota que subyace en el texto. Cómo molaría ser uno de ellos. Ese sentimiento de cuándo los veía vender pulseras en la carrera del Darro en Granada, con 15 años, yendo con mi abuela de tacón y perla y yo pensaba que quería una furgoneta VW y dejarme llevar. Cómo esconden la otra versión hasta casi el final. Ocho años, ocho veranos ya, conviviendo con perroflautas en los Caños han hecho que cambie de opinión. O esos otros que tienen ocupada una playita en los Baños del Carmen. Ahora compro mucho mejor la versión que dio El Mundo en la portadilla de Andalucía, donde denunciaba que Costas no desalojaba una cala de un parque natural donde acampan decenas de jipis. Me he convertido, claramente, en una ciudadana cumplidora de la ley. De unas leyes que me parecen absurdas o no. Pero lo que me pone de mala leche es lo de a unos sí y a otros no. Acampar está prohibido fuera de los camping. Pues ya está. Volvemos al número y al delito. Si uno solo acampa en un paraje natural, recoge la basura, lo deja todo intacto pero le pillan, pues se le multa. Ahora, si ese solo se convierte en unas decenas de hippies en la Cala de San Pedro entonces puede que vaya una periodista, podría haber sido yo hace 15 años, y lo pinte como la vida más idílica del mundo, con la Pura en el bar de la antigua casa de la Guardia Civil sirviendo mojitos y tomates con sal. Y, sobre todo, entonces no interviene nadie. Ha pasado con el botellón, en la feria del centro. No se podía intervenir porque eran demasiados y borrachos. Muy bien, premiando a la chusma. Los políticos diciendo que es un asunto complejo. Tanto, tanto que en otros países no lo han solucionado, claro. Me desvío de los hippies. Que no. Que no puede ser que el buen rollo de los tatuajes, de la VW, de las rastas, cague donde me dé la gana, aparque donde quiera, etc. En fin, otra seña de que me he hecho mayor. Una más. Me alegro. La vida es eso, ¿no? Me sigue gustando el rock.

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Sobre mí

Sigo siendo calle Larios, pero temporalmente me he tomado un martini de mar, o sea, como diría Pérez Estrada, de Málaga. Obligada por mis superiores, porque resulta que el nombre de mi calle, obviamente, no se me ocurrió a mí. Pues eso, calle de finales del XIX, de esquinas redondeadas, salida del lápiz de Strachan y la pasta de los Larios. Cóctel perfecto de aquella Málaga burguesa que decayó por culpa de un bichito de los montes, filoxera. Me encanta que me pisoteen los niños del flequillo ladeado, las niñas de camisetas superpuestas, las señoras de la mecha en su sitio, los mimos plateados y los ambiciosos abogados de la cosa inmobiliaria. Y la mendiga que blasfema. Me gusta tener nombre de ginebra. Aunque comulgo con el bloody mary también y con el martini de mar.

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